Celso Emilio Ferreiro no Bierzo (Novas CEF XVII)

César Gavela publica no Diario de León un artigo baixo o título “Celso Emilio Ferreiro” no que evoca a presenza deste no Bierzo, por mor dunha visita que realizou, en decembro de 1974, para, nun comezo, ditar unha conferencia e recitar algúns poemas no Centro Galego de Ponferrada, nun acto que organizara o Instituto de Estudios Bercianos, espazo no que coincidiría con Amancio Prada e o extraordinario chelista arxentino Eduardo Gattinoni. Gavela engade algunhas reflexións sobre momentos compartidos nos anos madrileños e reclama que se lle preste algún tipo de atención ao poeta neste ano do seu centenario, precisamente, nas terras bercianas; un lugar por certo que a finais de 1979 debería volver visitar para exercer como mantedor nunha Festa da Poesía en Vilafranca do Bierzo, tal e como hai anos lembrou o escritor Antonio Pereira, pero a morte chegoulle antes como é ben sabido.  Velaquí o devandito artigo:

Amancio Prada y José Álvarez de Paz fueron los apóstoles de Celso Emilio Ferreiro en la Ponferrada del último Franco. Ellos nos descubrieron a un poeta gallego de verbo social y hermoso. Con talento, no solo con denuncia. Con verdad y con fuerza. Porque hay una poesía social que es poesía. Y porque Celso Emilio Ferreiro era un gran lírico. Un hijo de Celanova; de aquellas melancolías. Que él parecía no tener. Porque era bravo y era joven siendo ya mayor. Era rubio y era historia viva de Galicia. Todo eso lo sabía yo cuando fui a verle a la cafetería del Temple un día de diciembre de 1974; me temblaban un poco las piernas. Horas antes, al mediodía, nos había emocionado en el teatro Adriano leyendo poemas de su libro Longa noite de pedra; también de otros libros. Amancio Prada se alternaba con él, cantando. El maestro de aquel ceremonial cívico y predemocrático fue Pepe Álvarez de Paz. A Celso Emilio le regalamos una bandeja de plata: «gracias por tu poesía necesaria» llevaba grabado. Pero toda poesía es necesaria cuando es poesía. Sin adjetivos. Toda poesía es el centro del vivir humano. Heidegger lo dijo muy bien: el hombre habita la vida poéticamente. Mucho más de lo que estaríamos dispuestos a reconocer. Porque eso somos: azar, emoción, sueños, amor. Tristezas y gozos, tiempo que pasa. Y que sea en libertad, en armonía.

     Celso Emilio me contó muchas cosas. De cómo le perseguía en Vigo la policía política; de sus años en Venezuela, donde emigró ya de mayor; de sus días nuevos en Madrid, donde había regresado poco tiempo antes. Después nos fuimos a la estación. El escritor volvía con su mujer a Madrid en el expreso nocturno, que venía abarrotado. Salté al pasillo, luché con varios oponentes pero pude reservarles dos plazas. Ellos tardaban, venían despacio, y la gente me acometía. Pero defendí los asientos tapizados de verde.

     Un año después estuve en su casa de Madrid, en el paseo de las Delicias. Hogar modesto y algo vacío donde aquel hombre cordial lo llenaba todo. Y donde bebimos una botella de orujo con él. La botella la traía el médico y músico Luis Emilio Batallán. Los otros dos visitantes eran Vicente Araguas, también músico, y el periodista y escritor Ramón Pernas. Fue una noche extraordinaria. De palabras y luz.

   Celso Emilio murió en 1979. Era mayor, pero no viejo. En este año de 2012 habría cumplido los cien. Él era un hombre que amaba y conocía el Bierzo; lo había transitado como cazador y como hombre de sueños. Por eso, en este año tan generoso de centenarios de escritores, yo creo que deberíamos guardar un día para evocar al gran poeta gallego. Aunque solo fuese para imaginarlo en las orillas del Burbia, donde estuvo unas cuantas veces. Donde fue feliz.